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| Napoleón Bonaparte: el fracaso de un proyecto absolutista de nuevo cuño bajo el manto de la Ilustración |
En 1799, el Senado francés otorgó al general Napoleón Bonaparte el liderazgo de la I República francesa nombrándolo Cónsul de la misma. Tras una serie de victorias bélicas en el exterior contra los enemigos absolutistas de la Revolución Francesa el general había logrado devolver el orgullo a Francia para la que había diseñado un proyecto claro: llevar al país galo hacia la hegemonía mundial, desplazando al Reino Unido y consiguiendo un nuevo orden mundial bajo los principios de la Ilustración. Pero ante los inicios de su aventura partía con un serio hándicap: su figura apenas suscitaba el apoyo de la mitad de los franceses tal y como manifestó el plebiscito realizado en 1800 para la aprobación de la Constitución que plasmaba su diseño institucional basado en una República consular al estilo de la antigua Roma. Sin embargo, pese a sus derrotas navales en ultramar frente al Reino Unido el proyecto hegemónico napoleónico se materializaba a velocidad de vértigo gracias a las múltiples victorias frente al Sacro Imperio Romano Germánico y Austria reforzándose por tanto el prestigio del nuevo líder francés, quien en 1802 elaboró una nueva constitución que le otorgó el consulado vitalicio convirtiendo a Francia en una dictadura republicana. Pero la consagración máxima del poder de Napoleón Bonaparte tuvo lugar en 1804 mediante una nueva constitución que le convirtió en emperador, instaurando una monarquía absoluta de nuevo cuño que respondía a sus deseos de convertirse en emperador mundial: se inauguraba el Primer Imperio.
Las tropas napoleónicas seguían avanzando imparables por la Europa continental, pero su proyecto hegemónico no era capaz de infligir el más mínimo daño al Reino Unido que afirmaba su hegemonía naval. Una vez lograda la hegemonía sobre la Europa continental el Primer Imperio fijó su mirada en la Península Ibérica pactando con su aliada España la invasión y reparto de Portugal, pero una vez alcanzada la hegemonía sobre Portugal el aliado español carecía de sentido y tras un extraño golpe palaciego en la corte de Carlos IV el otrora aliado se convirtió en enemigo y fue invadido, encontrándose con una insospechada resistencia por parte del pueblo español que contó en su lucha contra el invasor francés con el no menos insospechado apoyo del antiguo enemigo británico que ahora se había convertido en amigo. Los sueños imperiales napoleónicos sufrieron un duro contratiempo quedando paralizados en la Península Ibérica, pero en 1812 Napoleón decidió dar un nuevo impulso a sus sueños lanzando una temeraria invasión contra Rusia que se reveló como un error fatal, tanto por la elevada incertidumbre y magnitud del proyecto como por la dispersión de los esfuerzos bélicos imperiales. A partir de ahí la suerte cambió completamente para el Primer Imperio francés siendo definitivamente derrotado en la Península Ibérica y en Rusia, perdiendo también paulatinamente todas sus anteriores conquistas territoriales centroeuropeas hasta experimentar su definitiva derrota en 1814. Ese año las tropas de todas las monarquías europeas derrotaron a Napoleón Bonaparte en su propio país, forzándole al exilio en la isla italiana de Elba: acababan los sueños imperiales franceses y la revolución regresando Francia al mismo punto de partida con el regreso de Luís XVIII, hijo del guillotinado Luís XVI.

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